No tengo oído musical…

…o eso me han hecho creer toda mi vida.

Soy un llorica de esos de los que se quejan de que su propia incapacidad de hacer algo se debe en exclusiva al resto de personas, lo sé, pero os quiero contar mi historia. Siempre he sido muy tímido y me ha costado interactuar con el resto de personas. No solo eso, sino que además, entendía que los demás llegaban, intelectualmente hablando, allí donde yo llegaba. El darme cuenta de que eso no era así fue un palo enorme, algo que me vino casi en la pubertad y que se me juntó con el pavo.

Por desgracia, para entonces, ya era tarde, habían minado mi creatividad con una innumerable lista de “no se puede”. “No se pueden hacer dibujos con espray”, “No se puede saltar por ahí”, “No se pueden hacer siluetas, no quedan bien” y, el que titula este blog: “No puedes hacer música, no tienes oído”. Quizá, si entonces hubiera sido más maduro, tendría que haber hecho caso omiso a aquellos comentarios o, mejor, entenderlos como lo que quería decir quien los dijo: “No sé hacer dibujos con espray ni me atrevo a intentarlo”, “No puedo saltar por ahí ni me atrevo a intentarlo”, “No sé dibujar siluetas ni me atrevo a intentarlo”, “No oigo que cantes bien, por lo que no creo que tengas talento musical”. Con el tiempo terminé dibujando siluetas, no uso espray por pereza aunque no tendría problemas con ello.

En cambio, con la música, esa espina clavada, no podía. “No tenía oído”. Cada vez que intentaba cantar desafinaba (y desafino) de tal manera que hacía llorar a los perros, cada vez que intentaba aprender a tocar un instrumento musical me encontraba como muro mi propia carencia de destreza, la falta de costumbre ante el trabajo con un objetivo y los “no se puede” que en realidad querían decir “no puedo”.

Con el tiempo fui venciendo mi timidez, al menos en la práctica. Conocí a más gente y empecé a entender que todo mi periodo de enseñanza, esos años en el colegio y en el instituto, estaban del revés. No solo por mi parte, sino por el propio sistema. Me había topado con profesores que dejaron de actualizarse en los años cincuenta del siglo veinte y daban por verdad verdadera temas que nada tenían que ver con la realidad, fui víctima de un cambio (necesario) en el sistema educativo en el que pasé de tener que copiar de memoria una lección aprendida de un libro en el examen a una versión ligera y muy superficial de lo que deberíamos haber aprendido, pasé por profesores de inglés que daban música y profesores de literatura que impartían artes plásticas. Siempre tuve iniciativa para aprender por mi cuenta, pero lo poco exigente que era el sistema y la gente que tenía alrededor conmigo hizo que fuera poco exigente conmigo mismo. Total, no entendía que nos pudieran exigir cosas diferentes a dos chavales del mismo curso si en teoría todos teníamos la misma capacidad. Y peor, yo era el pequeño en clase y entendía que si a alguien tenía que costarle algo más, era a mi. Solo era así en las relaciones personales, hasta que llegué al bachillerato pasando de puntillas por todos los cursos sin una política de esfuerzo. Y no puedes indagar en nada sin esfuerzo aunque acompañe el talento.

Sí, es así, había pasado por toda la primaria y secundaria gracias al talento, no al esfuerzo.

Lejos de quedarme ahí, me encontraba ciego. Ciego pues tenía el caso contrario a mi mismo en mi misma casa. Mi hermano, el siguiente de los cuatro, tenía problemas en los estudios. Hasta tuvo que repetir muy pronto porque no llegaba. Él, hasta entonces, también era el menor en la clase, pero adolecía de algo que yo no: timidez. Siempre fue un poco caradura y eso le hizo socializar a un punto al que yo no seré capaz jamás. Quizá por eso conoció a más gente, se atrevió a más y, gracias a sus limitaciones del momento, aprendió lo que era el trabajo duro. Fue su máxima durante todos sus estudios. Se sacó la primaria y la secundaria con mucho esfuerzo, se sacó el bachillerato con no menos esfuerzo, se tomó un año sabático para trabajar en la industria y se sacó una ingeniería.

Qué tonto yo que no aprendí de él, dejé los estudios, que no me reportaban más que miseria y relaciones personales fallidas y entré en el mercado laboral. Fue duro al principio, pero conseguí mantenerme, y aún lo hago, en la misma empresa durante más de una década. En los trabajos que he estado, incluyendo el actual, se me ha exigido mi talón de Aquiles: socializar. Gracias a esto he conseguido madurar lo suficiente como para entenderme a mi mismo y saber qué errores he cometido que no quiero volver a cometer.

Os habéis dado cuenta ya que la plenitud de la juventud la dejé pasar no hace mucho y, aún así, a día de hoy, me siento muchísimo más joven que hace un lustro. Me he dado cuenta que la vida no es estática que uno va y viene y termina pasando por los mismos caminos. Y en esos caminos revisitados es donde he encontrado yo una segunda oportunidad de reinventarme, de arrancarme esas espinas que mis circunstancias y mi inmadurez me clavaron en su día. He seguido leyendo, he seguido estudiando, he seguido aprendiendo. Entre dibujo y pintura, manualidades, física y matemáticas, mis propios límites físicos y emocionales, ética, historia… he empezado con la música.

Me dispongo a cantar y no solo en la ducha.

Siempre me ha atraído en verdad, aunque gracias a dos videojuegos, uno dedicado al canto del cual mi esposa ha sido una gran fanática y otro de guitarreo el cual me hizo ver que en mi primera aventura con la guitarra me faltó método y motivación, que decidí regresar al estudio de la guitarra, aunque bien por falta de tiempo, bien por ponerme excusas baratas a pesar de todo, bien por problemas económicos, no me atreví nunca a hacerme con una. No tenía intención tampoco de aprender con el método de Phoebe.

El mes pasado fue mi cumpleaños y me hicieron una fiesta sorpresa en la que realmente piqué y en la que me regalaron una guitarra clásica. La eligió mi hermano, del que ya os he hablado, ya que él toca la guitarra (ya sabéis, trabajo duro). “Oh, le regalan una guitarra, que se toque algo”… No sabía ni como agarrarla. Hoy, poco más de un mes después he descubierto que consigo salir de la realidad mientras intento ese cambio casi imposible entre Fa, Sol y La Menor en un compás a 125 pulsos por minuto aún sabiendo que seguramente la canción no sea exactamente así y tenga que reaprenderla en algún momento. Hoy he decidido abrir este blog, no ya solo para mi e intentar plasmar por escrito todo lo que voy aprendiendo de música, guitarra y canto por mi cuenta, sino para todos vosotros por si os veis u os habéis visto alguna vez en una situación parecida y el leer como un tipo de 34 años ha comenzado algo nuevo en su vida con toda la motivación del mundo y con ganas de llegar lejos en su aprendizaje y subir sus propias versiones de canciones a youtube os ayuda a quitaros de encima esos demonios de “no tengo oído” o “soy mayor para intentar nada nuevo”.

Quizá podría regodearme en el tiempo pasado que podía haber dedicado a aprender algo que, sin haberlo previsto, me apasiona tanto; pero no puedo, tengo que aprender a tocar la guitarra.

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